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Zim City

Cartas del banco

Zim, sobre la hora de la cena, escribió:

Abrió el buzón. Cogió el pequeño paquetito de cartas echando un ojo por encima y siguió andando hasta la puerta. Al ir a abrir se le cayeron las llaves haciendo el característico ruido que hacen las llaves al caerse. Se agachó en cuclillas con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco que dañara la falda y manteniendo el equilibrio de forma precavida para que los tacones no le jugaran una mala pasada.

El golpe seco de la puerta al cerrarse quedaba tras su espalda mientras recorría el pasillo hasta el comedor, allí dejó las cartas y el bolso sobre la mesa. Todo indicaba que no había nadie en casa aún. Fue a la cocina y puso a calentar la comida que había preparado la noche anterior para hoy. Hoy el horario de trabajo de su marido le permitía comer juntos. Mientras los fogones caldeaban a fuego lento una olla ella se dirigió al comedor. Se sentó y cogió el montón de cartas. Las fue pasando una tras otras sin demasiado interés. Facturas, recibos, extractos del banco hasta que un escalofrío casi acompañado de un poco de tembleque le nació en el estomago para alcanzar el óbito en la boca medio abierta por la que trataba de huir de su cuerpo. No se trataba de una carta de algún amigo lejano ni una postal, era otra carta del banco. Un banco en el que ya no tenía ninguna cuenta corriente ni ningún tipo de relación comercial o económica. La abrió, pero ya sabía que iba a encontrar.

Tal como ella esperaba, se trataba de una copia del seguro del coche, de su anterior coche, fechado el vencimiento más de siete años atrás.

-Ahora te quiero más. – Recordaba como le dijo al remitente de la carta, hace casi ocho años, cuando perdió el resguardo del banco y su antiguo enamorado le entregó la copia sellada que necesitaba por trabajar en las oficinas en las que ella tenía sus cuentas corrientes.
-Entonces te daré una copia de vez en cuando para que vaya en aumento.- Sonó en sus recuerdos clara y nítidamente la respuesta de Marc.

Claudia Pérez Aguirre, según indicaba el recibo del seguro, se dirigió al trastero. Allí abrió un cajón de un viejo mueble en el que guardaba unos libros que por algún extraño motivo no tenía colocados en la estantería. Junto con los libros había una caja de zapatos que cogió. Le sacudió el poco polvo que tenía de un soplido y la abrió. Metió la carta junto con otras exactamente iguales que le habían ido llegando durante todos estos años desde la primera petición de copia. A diferencia de la canción, la carta no llegaba cada 9 de noviembre, ni cada año en la misma fecha. Ni al inicio de primavera ni cada 6 meses. Llegaba esporádicamente, como es el amor y la necesidad de que te quieran. Claudia guardo la caja en su sitio y se volvió hacia la cocina. Durante el trayecto se preguntó qué sería de él, ¿sería feliz? ¿Tomó el camino correcto cuando lo dejó? ¿De verdad era Claudia la Claudia que quería ser?
Llegó a la cocina a tiempo de retirar la olla del fuego mientras oía el tintineo de las llaves de su marido tras la puerta.

2 respuestas para “Cartas del banco”

  1. M dice:

    Ahora te quiero más.

  2. maria arellano dice:

    ¡OH!Que me ha gustado,me ha sorprendido,podría ser un buen comienzo para una larga historia, aunque así también esta muy bien.