Decisión propia

Zim, en la hora de la siesta, escribió:

La luz débil acentuaba la composición lúbrica de la escena y subía el grado de excitación. Entre las dos presencias en la habitación había diferentes sentimientos recorriendo las venas y arterias del cuerpo. Gabriel poco a poco se quitó la camiseta blanca de manga corta que llevaba dejando ver su atlético torso desnudo. Suave a simple vista, una combinación perfecta entre vigoroso, liso, fino y ligeramente bronceado que podría ser el mejor reclamo para vender ropa interior a una jovenzuela por tal de que su novio se parezca un poco al de la fotografía del anuncio ficticio que en nuestra imaginación ya le hemos hecho protagonizar. Además tenía un rostro angelical. Los ojos de la fémina observadora se clavaron en sus pectorales para luego contemplar su tronco en conjunto con sus brazos fibrados y su lujuria se disparó hacia arriba como la bala de un pistoletazo de salida de una carrera ecuestre del más próximo y civilizado viejo oeste. “Date la vuelta” pronunció con un tono neutro y endeble que no dejaba claro si lo ordenaba o lo pedía por favor. Gabriel se dio la vuelta. Ella se acercó vacilante y extendió ligeramente el brazo. Con la punta de los dedos índice y corazón empezó a recorrerle el brazo de bíceps hacia arriba, muy despacio, muy despacio; muy despacio. Se detuvo en el hombro. Gabriel miraba hacia adelante mientras la chica seguía acariciándolo fascinada, mirándole la espalda, bajó los dedos del hombro poco a poco para detenerse en dos pequeñas cicatrices simétricas que tenía en los omóplatos, una a cada lado, con deferencia y fascinación. Los mismos dedos con los que había recorrido su extremidad derecha y la parte alta de la espalda ahora palpaban las heridas como si de un texto en braille se tratara. “Ya lo ves” dijo el muchacho. “Ya lo veo” respondió ella. Aprovechando la postura, se acercó más a él y lo rodeo con los brazos casi juntando sus manos a la altura del ombligo. “¿Cómo las perdiste?” se atrevió a preguntar sin soltarlo. “Yo mismo me las corté” contestó. La respuesta la dejó desconcertada. Le dio un beso en el hombro y miró al techo de la habitación, donde creía ver las letras que formaban el último poema que había escrito a la vez que lo abrazaba con más fuerza.

6 respuestas para “Decisión propia”

  1. manzana dice:

    ¿A qué sabe mi nombre?
    El suyo a ángel… nombre de ángel…

  2. Zim dice:

    Tu nombre sabe a macarrones XDD

  3. manzana dice:

    ¿No era a lentejas?

  4. Zim dice:

    a gazpacho!

  5. Jesy dice:

    Yo lo sabia!
    Yo lo sabia!

  6. Juan Blanco dice:

    No me extraña que luego yo tenga publicidad gay. Seguro que me has contagiado, ¡invertido! xD