Nadie en casa.

Zim, por la tarde, escribió:

Tuvo que llamar a la puerta con los nudillos, el timbre no funcionaba. Ante la tardanza, decidió afinar el oído y mirar a la mirilla por si podía apreciar señales de vida al otro lado de la puerta, antes de insistir nuevamente con su, a pesar de joven, robusta mano. Ésta indicaba que aunque de su mirada se deducía sin error que era un chico dulce y maduro, la vida no le había dado las mismas facilidades que a la mayoría de jóvenes de clase media.
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